La estrella en la cajuela (segunda edición, versión unificada) | Cuento (Acción y Aventura, Humor, Thriller)

FADE IN:

I

En una noche de estrellas estrelladas, Mauricio recargaba sus posaderas en un viejo Cadillac.

Desde aquel nocturno panorama, él y su automóvil parecen dos pequeños puntos debajo de la pintura de un cielo púrpura e inmenso. Se podría decir que el amanecer estaba avisando su llegada, pero la verdad es que este narrador no se comprende bien con la astronomía, así que, digamos, solamente estaba muy entrada la noche.

A Mauricio le encantaba contemplar la nada porque en verdad nada veía, parecía que contemplaba aquel cielo tan sublime con aquella mirada de bizarro jinete solitario. Él, inconvenientemente, tenía puestas las gafas de sol porque pensaba que le proporcionaban algún tipo de defensa o, incluso, estatus social.

Esperó minutos y fue a orinar a un feliz cactus, luego volvió al Cadillac y se recostó sobre el cofre. Duró, tal vez, una hora, hora y media.

Cerró sus ojos.

 El sonido de un motor encendido lo despertó.

Fijó su mirada en la penumbra llena de fantasmas criminales.

Al percatarse de que eran dos camionetas blindadas y un auto de mediano tamaño los que rondaban por el área, las piernas de Mauricio comenzaron a temblar e hizo una mueca que lo hizo ver como un fiero protagonista de una western, aunque en verdad moría de nervios. Los hombres que salieron de los autos, aproximadamente unos quince, lo hicieron de manera instantánea; después vio al que parecía ser su líder, el único de los sombrerudos que tenía un puro en su boca; en dirección a Mauricio tiró una bolsa negra  que esparció moléculas del polvoriento suelo desértico.

—Aquí está el dinero pa’l sustento. Mañana, a esta misma hora, deberás haber pasado la línea… Y después esperarás a que la transacción se haga en el hotel seis.

Mauricio quiso hablar, pero el pavor ilícito le escondió la lengua y le tapó con duro concreto  la garganta; sin embargo, de nuevo, su cara decía todo lo contrario, como si él hubiera nacido para este trabajo.

El supuesto vaquero se le queda viendo.

—¿No hay alguna pinchi pregunta?  —Mauricio responde con un silencioso «no»— Luego no me vayas a hablar al celular porque se te olvidó algo, que si lo haces te destapo la cabeza, la orino, la cago y te cojo por los oídos junto con mis compas —los demás sombrerudos asienten. Abrió un poco la boca y asintió ligeramente—. Órale. Calladito. Hasta te ves chingón. Pues nos llevaremos tu carro, porque ya sabes que es muy importante que nadie te identifique con tu nombre o procedencia, así que usarás este que trajimos… —un Tsuru bien cuidado, pero de menor calidad que su auto original— Muy chulo, como podrás ver… Pero no te preocupes, todo está apalabrado; las placas están más chuecas que mi ver… —se refirió a su genital.

Quiso tirarse al suelo, defecar, llorar y darles un enrabietado escarmiento al grupo de hombres con sombreros, metralletas y botas de piel de avestruz. Posiblemente su Cadillac desaparecería de su dispensable vida.

Pobre Mauricio.

II

Casi amaneciendo, la carretera parecía contarle historias tenebrosas por las fibras de asfalto duro y agrietado. “No quiero llegar a la aduana, paniquearme, y gritar en vez de responder las preguntas del oficial gringo”, pensó.

Para esto, con sus honorables gafas de sol, que las sostenía a duras penas su pequeña nariz, extrajo de la guantera dos discos compactos que pudo rescatar: uno de música folclórica —es decir, para unos norteña, para otros banda—, y el segundo una crestomatía del rock de los noventas. Tiró uno de los discos al suelo, con el que se quedó en su mano derecha lo insertó en el estéreo.

Acordes simples, pero estimulantes para el cerebro se escuchaban en su provisional coche. Se preguntó, o eso parecía expresar su cara, qué habría en la cajuela y por qué demonios parecía escuchar ciertos golpeteos en dicha parte trasera. “Tal vez un animal; puede que un montonal de cajas con coca; o alguien que se lo va a cargar la v…”, elucubró.

Mauricio podía apreciar las luces de la aduana; “Demasiado altas para dejarte cegatón”, las criticó con los ojos entrecerrados. Sus manos temblorosas sudaban, mientras su mente le decía que mantuviera la calma, que todo saldría en beneplácito de su billetera y futura casa, o futuro coche, y, claro, posible futura mujer.

“Muy buenota tiene que estar la condenada”, a propósito.

Extrajo un sobre lleno de polvo blanco de su camisa, uno que le proporcionó su primo Salvador, que es tirador, dealer. Narcomenudista, pues. Recordó que se lo regaló para que tuviera nervios de acero en su empresa ilícita. Nunca, pero nunca había utilizado tal producto. “Recuerdo haber visto una película de un cabrón que se tragó kilos de esto y mató a un chinguero de mafiosos, pero terminó flotando muertito en la fuente de su propia casa”, recordó. Miró cómo temblaba su mano y acercó la pequeña bolsa de plástico a su nariz.

Inhaló.

Por primera vez en su vida aquel químico pasó por su cerebro.

La violenta acción lo dejó un poco aturdido y con la nariz blanca. Pronto sintió algo diferente, algo “rico”, según dictaba su voz interior, pero más que esa dulce euforia, no podía sentir el miedo de antaño. Ahora estaba preparado para la acción, aunque acción no debería de haber, no para este tipo negocio; bueno, fue lo que pensó y lo mantuvo heterodoxamente tranquilo.

Cayendo en un mundo de luces, focos rojos y oficiales imperativamente uniformados de azul prusiano, Mauricio ensayaba lo que iba a decir, algo como “Voy de compras; voy a visitar familiares; voy a donde me dé mi chingada gana”, sin embargo, nada de hablar de trabajo, eso nomas haría reír a su entrevistador y lo mandaría de vuelta a su patria con un cómico “adious, amigou”. Todo tendría que salir bien, porque de lo contrario, lo malo sería terrible, y lo que le sigue. “Me quitaré las gafas, sí… Pero qué ganas de salir del carro y luego echarme a correr. Creo que me sudan las patas”.

Probablemente en otro momento lo hubiera hecho.

Sí.

Todo salió tan bien al cruzar la frontera que el oficial hasta le deseó un buen viaje y, antes de su farewell, le contó un chiste nulamente gracioso y se despidieron con una cálida sonrisa.

III

Algunas direccionales a la derecha, otras a la izquierda, su trayectoria brillaba con intermitencia en el tablero. El efecto de la droga había disminuido.

Llegó al hotel que le había sido indicado. Vio su reloj, era temprano, más de lo que había planeado.

El morbo entró en su cerebro y quiso saber qué era lo que resguardaba dentro de la cajuela. “No, la curiosidad mató al gato, pendejo”, pensó en esa frase cliché, la que escuchaba cuando un personaje de alguna película regular, o esas de serie B, presagiaba el quid del conflicto, del cual harían posiblemente más interesante a la mediocre trama del primer acto.

En este caso tardó en pasar un poco más lo que no debía de pasar.

Subió a su cuarto; tiró el agua; cayó entre las sábanas como en un espacio sideral, pero, lo que menos tenía en esos momentos era sueño. No. Su mente pensaba de más. “Pinche perico culero; hasta me dan hartas ganas de coger”, y por eso mismo se masturbó; luego se comió unas papas fritas que había guardado para el viaje; prendió el televisor; hizo sentadillas; no obstante… Su cabeza sólo pensaba:


RE-VI-SA LA CA-JUE-LA

 

Salió de su cuarto a la media hora.

Bajó los escalones, se dirigió al automóvil, lo abrió y se quedó sentado un momento. “Me va a costar los huevos, si es que me va bien”. Apretó un botón y un clic sonó porque se abría algo en la parte trasera del humilde Tsuru. “A la chingada, voy a fijarme si está en buenas condiciones, sea lo que sea que tengan atrás… Capaz y hay un encabronado cochinero y me vaya peor si no lo hubiera arreglado antes”. Cuando salió, escuchó unos murmullos. “¡Chin!, es alguien, un culero… puta madre”. Cuando estuvo frente a la cajuela dudó un momento en abrirla por completo.

Dentro, una silueta comenzó a acongojarse.

Pensó, irónicamente, en lo que se le sentenció con anterioridad, en perder su virilidad orgánica por cometer tal riesgo.

De todos modos… Abrió la cajuela.

Sus ojos se abrieron como dos lámparas de estudio y su boca se quedó bien abierta, esto pasó por lo menos, durante cinco minutos.

[…].

Mel Gibson.

IV

La siguiente escena, aunque no dramática, es petulantemente extraordinaria: no es común abrir una cajuela y encontrarte a una estrella de Hollywood viéndote con ojos encolerizados mientras una cinta cubre su boca y, esa celebridad, aparte de su claustro, se encuentra amarrada con sogas bien apretadas que sujetan todas sus extremidades.

El olor al alcohol asedió las fosas nasales de Mauricio. También había otro detalle, algo que olía familiarmente muy mal.

El hombre aprisionado entre sogas y cintas adhesivas empezó a convulsionar contra la cajuela del automóvil; de igual manera quiso dar infructuosos brincos que lo lastimaban aún más; se escuchaban unos feroces «HUM… HUM» entretanto trataba de desamarrarse con jirones de sus barrotes de nailon. Incluso, creyó ver que algo de espuma salía por alrededor de su boca.

“Mel Gibson”; después enlistó en su mente: “Arma mortal, Mad Max, Apocalypto, y no-sé-qué-chingados- más…”.

Cerró la cajuela. Fumó un cigarro, el típico que se necesitaba para desvanecer las emociones de alta intensidad; el efecto de la droga —la otra, la del polvo blanco— había disminuido todavía más. Entreabrió el maletero y escuchó sonidos guturales que sonaban a anatemas, se le pusieron los pelos de punta; con unos breves golpes sobre el metal los calmó por un momento.

Se frotó la barba con su mano derecha por un tiempo indeterminado. Puso sus manos sobre la cajuela y expulsó un pestilente metano humanoide desde sus glúteos.

Desesperación.

Lloró un poco.

“Es una estrella de Hollywood… ¡Es como haber raptado al presidente de algún país del primer mundo! Y yo aquí de pendejo interviniendo en esta chingada blasfemia”. Siguió desarrollando la misma tenebrosa hipótesis dentro de su cabeza, así como sobre qué pasaría si Gibson desapareciera del estrellato: ya no habrían más películas épicas como El patriota, o un hagiográfico filme de La pasión de Cristo, o la ya mencionada Apocalypto, con esa exquisita trama que contó la historia precolombina de la madre patria de Mauricio, o sea, lo que pasó justito antes del trágico destino que le deparó a su antigua raza cósmica. Además, sabía que Gibson era católico, y Mauricio también lo era. Afortunada coincidencia.

El silencioso aire nocturno cobijó a sus pensamientos por una eternidad.

Hasta que…

“¡Suputa madre! Voy a sacarlo de aquí”, y giró para verse contra la tirana cajuela.

[Desarrollemos con este breve modus theatrum el siguiente y muy breve capítulo:]

  1. EXT. ESTACIONAMIENTO DEL HOTEL SEIS – MADRUGADA

MAURICIO abre la cajuela; la luz de algún faro ilumina los ojos de GIBSON y lo aturden; Mauricio se toma diez segundos para dar un poco de drama, estilo, al pronto rescate; alarga una mano hacia la cinta que impide hablar a MEL GIBSON y lo primero que se escucha de sus labios endemoniadamente bermejos es:

                                                 MEL GIBSON

¡MALDITOS JUDÍOS, ELLOS TIENEN LA CULPA DE TODO…!

MAURICIO se queda callado con una interrogativa que posa arriba de su coronilla.

VI

Por lo que podrán suponer, queridos lectores, lo que sigue es que Mauricio tuvo gran dificultad para mantener en calma al astro de la cinematografía universal, ya que este no paró en farfullar palabras obscenas. Pero, viendo el lado optimista, Mel Gibson dejó de tirar dentelladas y comenzó a mirarlo solamente con ojos desafiantes, como avisando que, cualquier indicio que avisara peligro, su conocimientos de artes marciales los pondría en acción.

Y ya, sin problemas ni decoro, lo pudo desamarrar.

Los dos respiraban en el cuarto del hotel, uno viendo la hora del reloj de la radio y el otro, Gibson, se arreglaba sus imperfectos en la bañera.

[ADDENDUM: hemos tenido que traducir lo sucesivo, sea porque Mel Gibson tenía un conocimiento muy básico del español, el cual aprendió en sus múltiples visitas a países de habla hispana; la mayoría eran malas palabras bastante elaboradas, así, como si se tratase de un guion. De ahora en adelante lo que esté encerrado entre corchetes será el resultado de la humilde traducción que les proporcionamos.]

[—Te debo de dar las gracias, señor mexicano, por haberme salvado de un terrible final.]

Mauricio hablaba bastante bien el inglés, digamos que tenía un nivel intermedio, no obstante, con acento fuerte, así que no hubo problemas en la comunicación entre los dos personajes principales de este relato.

[—No hay problema.]

El delivery man —o en otras palabras, el hombre que hace los mandados—, así Mel llamó a Mauricio, no sabía qué sentir, sus palabras, hipótesis y teorías lo abrumaban, dejándolo beodo, vacío de sentimientos.

Los pensamientos de Mauricio rondaban entre qué debería de hacer, o qué pasaría si los descubren. Por supuesto que también generaba escenas trágicas dentro de su cabeza, que eran los dos desollados o castrados con tijeras preescolares, o repetidamente mutilados en sus más delicados bordes con cortaúñas oxidados. Pero el delivery man no era cualquier escuálido, no se trataba de un ser austero de valentía: afortunada, e infortunadamente, él había pasado por conflictos que lo habían obligado a exiliarse a los Estados Unidos por un considerable tiempo, lo que lo convirtió en un hombre más sabio, relativamente maduro, y le aportó el suficiente coraje en tiempos de crisis. Asimismo, sin ufanarse de ninguna manera, él ya había experimentado la acción de matar, específicamente a un hombre, pero por defensa propia, aunque este cometido lo dejó con los habituales estragos. Ese trauma lo hizo perjurar que nunca más utilizaría armas de fuego. No, no.

Así que, sin más rodeos, supo que era menester volver a enrollar fuertemente con cinta aislante al astro hollywoodense, o por lo menos formular alguna fabulosa escapatoria en la que ambos salieran librados de las huestes del mal del narcomayoreo.

[—Esos malditos bastardos me tomaron por sorpresa en medio de una bebida… ¡Cómo me cabrea que hagan eso! Ni a mi última pareja le daba permiso que me molestara cuando me tomaba un trago… —Gibson se quedó dubitativo— Pobre mujer, la hice sufrir años inconsolables. A veces la extraño.]

Mauricio siguió buscando respuestas a la escabrosa circunstancia en que se encontraban. “¡Cierto! Mel Gibson es un hombre internacionalmente famoso, él de seguro tiene contactos para llevarnos al otro lado del continente o escondernos en algún lugar especial, uno lleno de mercenarios o soldados de la armada gringa; o en fin, ¡chingada madre! ¡Podría salvarnos de que nos corten los huevos y ya!”.

[—Señor Gibson, ¿de casualidad usted no tiene a alguien que nos pueda sacar de ésta…?]

El hombre, que alguna vez fue un héroe ficticio de un espacio-tiempo post-apocalíptico, o también un policía bravo, gracioso y aventurero, sonrió, pero fue una sonrisa torcida, para nada un buen indicio.

[—Mi estimado amigo de negocios ilegales: no creo que alguna amistad mía pueda darnos una mano en estos momentos.]

[—Pero, usted es muy famoso, debe de conocer a gente importante que lo ayude hasta en este caso.]

[—No, no es tan así, sólo es dado por coyunturas fuera de mis alcances diplomáticos, porque da la casualidad que la mayoría de mis amigos están ocupados en fiestas privadas de alta importancia alrededor del mundo. Algunas igual o mayormente ilegales que su oficio, muchacho. O, bueno, ya muchos no son mis amigos; esos son unos imbéciles sensibles a noticias sensacionalistas que siempre apuntan en mi contra. Como si la libertad de expresión dependiera de mi culo —pausa—. Y mi ex esposa no creo que quiera escuchar mi voz otra vez en su penosa vida.]

[—Es imposible que con alguien como ustedes no se den solucione extraordinarias… Puede ser, de seguro algún amigo suyo tenga…]

[—No recuerdo el número de celular de ninguno. Tampoco, creo que es obvio, tengo mi celular, ya que se lo quedaron los hijos de perra que me secuestraron. Creo que hasta doy gracias por ello. Hay cosas que quiero olvidar de su contenido: fotos mías, de otras personas; videos…]

Pareciera que Mel Gibson cambiara de personalidad, a una de un ser vulnerable, consciente hasta del menor detalle de la saudade y melancolía. Un dolor antiguo, muy escondido, solapó a la conversación por unos efímeros segundos.

“Debí de haber dejado las cosas como estaban”, pensó Mauricio, “Una persona importante menos en el mundo, ¿qué diferencia haría? Nada, casi nada”. Como si le leyera la mente, Mel Gibson asintió, se limpió un poco del jabón que permanecía en la comisura de su boca.

[—Bien bien, creo saber la solución a nuestras penas y sinfín de problemas de esta terrible contingencia, pero, primero, cómo quisiera un trago de una cerveza fría y unos picantes nachos. ¿Me acompañas, muchacho?]

A Mauricio no le quedó más que hacer, ni qué pensar, aunque tenía miedo que los sombrerudos lo encontraran compartiendo risas y cervezas con su supuesto preso, mientras el supuesto y furtivo carcelero pagaría seriamente las consecuencias, al eliminar dolorosamente su virilidad.

VII

Mauricio no dejaba de ver el suelo y pensar en que cualquier momento los sicarios gritarían un desfile de groserías, exclamando vulgaridades a los cuatro vientos, y dispararían sus pistolas al aire, señal para el comienzo de la caza de brujas, en busca de ellos sin una sola pizca de misericordia. Hasta los entendería. Esta mercancía les costaría muy caro perderla, como a su Cadillac, que de seguro se encoentraba desmantelado en un basurero o al lado de una carretera poco frecuentada.

Por cierto, ya estaba muy entrada la mañana.

“Mel Gibson”, rondaba el nombre del actor entre los pensamientos de Mauricio, aunque no dejaba en claro por qué lo mencionaba, si acaso fuera  que le agradara su nombre o porque algo entre ese conjunto de letras lo atormentaba. Obvio, también él es causa de su presente mal. Y digamos que sí, ese personaje del espectáculo globalizado lo dejaba intranquilo solamente por el hecho de que a Gibson no se le quitaba esa tonta sonrisa de la cara, como si de nada agravante se tratara el asunto que les concernía, como si sus actuales, y supuestos, perseguidores fueran meramente inocuos conejitos de Pascua y unicornios que nomás se pueden encontrar en el delta de Tamaulipas.

Y pues, estaban bebiendo como antiguos camaradas de guerra en un pub irlandés atendido por descendientes de alemanes y polacos. Mauricio nunca había entrado a este tipo de cantinas, aunque no se le hizo muy diferente a otras de su clase, empero, le llamaba la atención que la gente era más gritona, alegre, su inglés era inestable, casi tan críptico y turbio como el de cualquier novato de la lingüística anglosajona.

Por otro lado, el que atendía la barra les echó un ojo y cuando vio a Mel Gibson hizo caso omiso como si se tratara de cualquier truhan. “Tal vez no vio sus películas”, pensó Mauricio al percatarse de los movimientos oculares del barman.

Estaban sentados en la barra. Ya varios borrachines veían a Gibson con estupefacción y él les enviaba un saludo levantando su palma, mostrando su sonrisa de oreja a oreja, esa que acongojaba a Mauricio. Después el saludo consistía en levantar el enorme tarro que escurría de espuma blanca; luego le daba un trago con aire victorioso.

Mel-fucking-Gibson! —dijo alguno del lugar. No faltaron los que querían tomarle fotos, pero los rechazó vehementemente, dando excusas de que podría perder un trabajo importante por estar en ese lugar.

Pero ya, calmada la algarabía, y de nuevo solos, ambos ajustados en la barra del bar, Mel dio un último y largo trago de su tarro.

[—¡Aaah…! Nada como una fría cerveza después de un sobrecalentamiento de neuronas… Toma, compañero, que no sabes cuándo hará falta una y no podrás saborearla con tus papilas gustativas… ¡Toma, por el amor de San Patricio!]

Mauricio asintió y dio un sorbo a su botella de Negra Modelo. Pensó en su vida, en la muchacha que deseaba que fuera su novia, en su familia que hace tiempo que no visita y en que si podría vivir una vida lejos de su país, y que fuera una vida lo más cercano a lo normal. Mel Gibson, por su parte, sólo saludaba a los presentes en el bar: rechazó dos autógrafos porque no le daba la gana escribir, sin embargo, les sonreía con la sinceridad de un buen compañero de bebida. Dio otro trago largo, emitió un «Aaah» refrescante y miró a su taciturno compañero.

[—Oye, ¿te dejan ver esas gafas? A ver, préstamelas.]

Mel Gibson, sin más aviso, le quitó las gafas de sol y se las puso. Mauricio lo vio sin mucho ánimo con sus ojos secos que denotaban miedo y cansancio; por otro lado, Gibson sonreía demostrando sus blancos dientes, luego transformó una mano en una pistola mientras recitaba el diálogo de alguna película de acción, que bien pudo haberla usado en una de las que él mismo participó, o no. Mauricio no reconoció el diálogo, pero trató de reír como cómplice de su humor gringo. Vaya que tuvo un ligero buen efecto.

[—Muy bien, muchacho, muy bien.]

Otro trago.

[—No te preocupes, que ya sé qué haremos.]

[—¿Cuál es el plan? —Mauricio pregunta con cierta timidez.]

[—El plan es sencillo, aunque no quiero hacerlo solo… ¡Con un demonio, no lo haría solo!]

Dio otro trago a su tarro, lo dejó vacío y pidió otro dando un golpe en seco sobre la barra. No soltó una palabra más hasta que consiguió más cerveza, pero ahora escarchada. “Se ve deliciosa”, podía apreciar Mauricio. Y Gibson, relamiéndo sus esbeltos labios, dio otro de sus largos tragos.

[—¡Aaah…! Esto con una hamburguesa, mucho tocino y unas papas a la francesa sería el maldito paraíso. La gloria, lo juro, la gloria…. Entonces, dime, ¿quieres añadirte a la empresa Gibson? No será una hazaña fácil, pero será divertida.]

[—No sé qué hacer con mi vida ahora… Ni sé qué quiere hacer usted.]

[—Oh, eso no lo puedo decir hasta que ya estemos echando manos a la obra. La cosa, como te dije, no es sencilla, pero para obtener el producto final se requieren los suficientes cojones para pelear.]

Mauricio bajó sus cejas y frunció su boca.

¿PE-LEAR?

 

[—¿… Pelear?]

[—Sí, pelear. Prometo que después de este pequeño negocio tú terminarás libre, aunque primero tendrás que pasar unas excelentes vacaciones por Europa o China. Tu decisión. La cuenta va por mí.]

Mauricio no tenía pensado exactamente irse a vivir allá con los chinos, pero cuando Gibson se lo sugería, no sonaba a un mal plan, incluso hasta se imaginó casándose con una bella mujer asiática y tener hijos igualmente bellos. ¿Por qué no? Suena bien, bastante bien.

[—Bueno, pero necesito saber que esto es seguro.]

Antes de responder, Mel Gibson dio otro de sus tragos y habló:

[—Joven amigo mexicano, no se preocupe, que nada es seguro en esta vida, pero si estás al lado de una estrella de Hollywood, su luz también pasará a ti; brillarás, y como eres mexicano, y supongo que eres católico, igual que yo, entonces Dios siempre estará en los corazones de sus fieles seguidores, el pueblo elegido en su vasto reino aquí en la Tierra.]

Cuando terminaron esta, y la siguiente ronda, y otras más; pasaron los minutos, horas, muchas risas y sonrisas, hasta que Mel Gibson se puso al rojo vivo de la emoción y se sintió listo para iniciar su todavía no mencionado plan.

Mauricio pagó la cuenta.

VIII

Mel Gibson dirigió el recorrido desde el asiento del copiloto y llegaron a un lugar que parecía estar deshabitado; un lote de antiguas bodegas les dio la lúgubre bienvenida, pero parecía que Mauricio podía ver a dos hombres que les hacían frenéticas señas para que se acercaran.

[—Estaciónate aquí —dijo Gibson.]

[—¿Sí conoces el lugar?]

[—¡Claro que sí! Aunque, bueno, hace tiempo que no venía, pero el dueño de estas viejas bodegas es fanático de la saga de Mad Max… Le gusta eso de las cosas post-apocalípticas con mucha acción.]

“¿No que no tenías amigos a la mano?”, exaltado se preguntó Mauricio. Sin embargo,  pensó que Mel Gibson era humano y a veces su mente le fallaba. Tal vez no quiso mencionar esta opción y por alguna razón se la guardó dentro de la manga de su psique.

Podían ver motocicletas, escuchar música heavy que provenía desde adentro del complejo, y olor a whiskey y cigarrillos… un lugar para gente con muchos cojones que necesitaba Gibson, de seguro.

Gibson saludó a los dos colosos que sostenían escopetas militares; cuando lo vieron de cerca, se sonrieron y les dijeron que pasaran inmediatamente, que su jefe se alegraría al ver a su icono favorito de sus años mozos. Los dos se adentraron en el lugar, que por dentro era un club lleno de mujeres de todas las razas, principalmente caucásicas, que eran disfrutadas por motociclistas y gente regular. Había féminas para todos, al por mayor. Mauricio se preguntaba por qué eran tan guapas esas mujeres,  de dónde habrían salido, si eran reales, y también se preguntaba por qué su libido no le respondía como antes. ¿Nervios? ¿Estrés? ¿El efecto Gibson?

“Creo que me estoy volviendo loco”, resolvió en su mente.

Llegaron a una habitación reservada para gente importante; algunos alcanzaron a reconocer a Mel Gibson; el más alto y robusto de todos se levantó de su sillón de piel, abrió sus brazos y dijo:

¡Mel-fucking-Gibson!

[—Estoy acostumbrado que me den ese tipo de bienvenidas —le dijo a Mauricio, con tono divertido.]

Con grandes sonrisas y prolongadas y fraternales alabanzas, se abrazaron. Gibson presentó a Mauricio como el hijo de un antiguo amigo mexicano. Luego se retiraron a otro cuarto del interior, este estaba repleto de figuras católicas: muchas vírgenes marías y cristos ensangrentados; también cuadros con imágenes folclóricas que decían «Sláinte!», «May the road rise up to meet ya›, y una imagen de un paisaje verde, bucólico, que decía «Back to the motherland». Mauricio supuso que también ellos eran católicos. Además, su acento era extraño…

Cuando por fin los tres se encontraban solos, Mel Gibson reanudó la conversación.

[—Como sabrás, mi querido amigo, hemos venido desde el otro lado de la frontera y unos apestosos matones nos están dando caza. Necesitamos de tu ayuda.]

El nuevo personaje, amigo de Gibson, los miraba esperando a que lo anterior fuera una broma.

[—¿En serio? ¿Qué se te subió a la cabeza lo de tus personajes de acción? ¡Ja! Esto es interesante, nunca antes un actor me había pedido tal favor.]

[—Así es, y este actor necesita armas, balas y algunos de tus hombres, de preferencia que sean los de creencia de la santa Iglesia católica, apostólica y romana, si es que me entiendes.]

[—¡Claro que sí! Tengo gamberros de todo tipo, pero muchos parientes de la religión verdadera trabajan conmigo, vienen directitos de nuestra madre tierra, y algunos de ellos podrían escoltarte a donde tú gustes.]

Mel Gibson se quedó sonriendo sin decir otra palabra. Levantó las cejas y dijo:

[—No,  no. No nomas quiero que me escolten, quiero que me des armas duras, para mí una colt .45, y que me ayuden a matar a esos hijos de puta que nos están persiguiendo, ya que, de algún modo que no puedo contarte lo que me llegaron a hacer… —larga pausa, de seguro reproduciendo algo que su memoria quiere olvidar— Espero que comprendas… Han roto mi dignidad.]

Mauricio no pudo contener su impresión y abrió bien su boca. Estaba digiriendo las palabras que acababa de escuchar. Había olido algo mal desde que estaban los dos tomando sus bebidas espumosas.

IX

Esquirlas de sudor poblaban la cara de Mauricio, pero, por fortuna las gafas oscuras taparon esos ojos que describían todas las emociones que recorrían por todo su cuerpo. Él era uno de los conductores designados para el cometido bélico. Los matones que auxiliaban a la compañía Gibson eran diez: unos en el coche que conducía Mauricio y los demás en una camioneta negra de estructura militar.

Antes Mauricio pensaba que Gibson no se metía con esta clase de gente, pero como ya no le impresionaba tanto, porque si fue secuestrado por unos narcos mexicanos por razones que solo él y la Virgen María sabían, en algo podrido estaba metido este señor. O alguien lo metió en este lío, y ahora él tenía que ayudarlo a salir de esto. Vaya lío.

De hecho, pensó que cualquier artista internacionalmente famoso está poco o medianamente metido en situaciones escabrosas. No obstante, los hombres de aquel traficante de armas —porque, en efecto, era un traficante de armas, y también de ciertas drogas—, eran personas amigables,  aunque todos embriagados, algo no recomendable para la batalla que se aproxima. Mientras tanto, Gibson se mantenía en su misma achispada sintonía.

Mel pidió que se detuvieran en una tienda para comprar un tipo de papas fritas que él amaba. Cuando volvió, de nuevo sonriente y con una papa en la boca, miró a Mauricio y frunce el ceño. Pensaba en algo. Y lo expresó de inmediato.

[—Mauricio, ¿verdad? Enciende el celular que de seguro te encargaron que usaras para comunicarte con tus clientes y diles que no se desesperen. Diles que tuviste problemas con la policía y luego surgieron algunos asuntos familiares. O sabes qué, promételes que estás dispuesto a pagar las consecuencias de tu insolencia y que te esperen en el estacionamiento en el kilómetro (…) de la carretera (…) que se dirige a la frontera de mexicana. Les vamos a dar la sorpresa más grande de su perra vida.]

Gibson sonrió con todos sus níveos dientes y se dirigió otra vez a la tienda junto a dos de los palurdos que los acompañaban. De vuelta se trajo consigo unas cajas de cervezas y más papas fritas.

Mauricio ya había hecho la llamada. El pobre tuvo que aguantar varias ofensas, maldiciones y amenazas, pero los interpelados estuvieron de acuerdo de verse en el lugar que su delivery man les indicó.

No tardaron en llegar. La música que uno de los mercenarios puso en el estéreo fue de rock pesado, incluso algunas canciones que Mauricio escuchó en su adolescencia. El olor a cerveza y papas fritas se impregnó dentro del automóvil.

Cuando sonó el celular de Mauricio, todos cargaron sus armas, cargaron otras más, y luego otras más, y salieron del auto. Mel Gibson esperó a que Mauricio contestara el celular.

—Cabrón hijo de la chingada, peor lugar no pudiste escoger… —sonaba desde el móvil— Ya casi llegamos… Somos los de tres camionetas oscuras, vamos a cambiar las luces nomas cuatro veces, eh… Luego luego nos vas a reconocer… Pendejo.

Colgó.

Mauricio sostuvo el celular un momento; vio a su abuela rezando el rosario con él; a su madre calentando tortillas de harina; a su padre con un cinto en la mano;  otra vez a su padre con una sonrisa frotándole paternalmente la cabellera.

[—Vamos para afuera, Mauricio… ¿Estás listo?]

“Nunca”, pensó tristemente.

[—Creo que sí —respondió.]

[—Más vale que estés preparado, porque vas a ver estos celtas en acción; y lloverán sesos y sangre, tronará el cielo y la tierra temblará, pero Jesucristo y la Virgen María nos protegerán… Amén.]

“Qué horrible plegaria”, sus nervios iban en aumento. Mauricio tomó su ametralladora, apenas le habían enseñado cómo usarla cuando de niño un tío suyo tuvo una, pero nunca le dejó siquiera dispararla.

Salió del coche.

A lo lejos podían verse unas lámparas, o, más bien, los focos de unos autos que se aproximaban. Parpadearon cuatro veces consecutivas. El corazón de Mauricio latía rápido; más rápido; más rápido; igual de rápido.

—Ya casi llegan los filos de perra —dijo Gibson en un intento de hablar su imperfecto español.

Las camionetas se estacionaron a unos cien metros de distancia y se alinearon para formar una barrera; salieron todos los que estaban dentro y el que tenía la voz más potente gritó.

—¿Quién anda ahí? ¿Quiénes son? ¿Dónde está ese pinchi Mauricio? No nos anden con chingaderas o les soltamos plomazos, a la v… —esto fue dicho en un español bastante mexicano.

Mel Gibson miró un momento a Mauricio, sonrió y dijo en inglés:

—¡Your fucking little princess in distress, you motherfucking, Rodrigo!

El otro hombre se quedó callado, reconocía esa voz y supo que se refería a él. Estaba anonadado. Por último respondió en un inglés con fuerte acento latino:

—Who the fuck a’you?

Mauricio quería orinarse los pantalones. Gibson respondió:

—Shut the fuck-up and say hello to my little big sons of bitches friends!

Y los casquillos empezaron a caer, como los cuerpos de algunos cristianos también.

*

[—En las noticias de última hora del estado de Texas se presenció un evento extraordinario: la estrella hollywoodense Mel Gibson fue capturada por un escuadrón antiterrorista en medio del enfrentamiento entre dos mafias. Se dice que él fue uno de los partícipes del acto violento.]

[Aquí le mostramos un video propinándonos unas palabras el actor de películas como Arma mortal o Mad Max.]

Está el video, con un encuadre errático, donde vemos a Mel Gibson esposado, hecho una fiera.

[—¡Esos hijos de perra se lo buscaron! ¡Esos hijos de puta son unos maricones que me quisieron violar y matar! ¡A ellos deben de apresar, no a mí!]

Cuando el reportero que lo entrevistó dijo su nombre hacia las cámaras, el cual era Isaias Fleischer, y Gibson, en un acto compulsivo, se sacudió entre los policías y gritó con furia:

[—¡LO SABÍA! ¡ES UNA CONSPIRACIÓN! ¡SON USTEDES LOS MALDITOS JUDÍOS LOS QUE SIEMPRE HAN TENIDO LA CULPA!]

Volviendo con el presente noticiero…

[—El cálculo de los muertos fue extenuante, por un lado sólo sobrevivieron dos individuos que pertenecen a una mafia mexicana; por el otro, sobrevivió, el actor Mel Gibson. Lo curioso es que un civil mexicano en sus treintas, con nombre de Mauricio Galaz, fue encontrado entre los cuerpos exánimes del contingente en el que se encontraba Gibson.]

Pasan unos videos más, algunos de civiles que grabaron sonidos de metralladoras, luces que resplandecieron en lo que pudo haber sido una tranquila noche de los lindes del país estadounidense.

[—El caso sigue en proceso, pero no se tiene idea alguna de la razón de lo que realmente ocasionó este tiroteo entre estos dos grupos delictivos, y lo obvio, es mucho más extraño que esté involucrado el actor y director australiano Mel Gibson. En estos momentos el actor se encuentra bajo la jurisdicción del alguacil de Austin y representantes del FBI.]

Y la televisión se apaga.

FADE OUT.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Manu Merino dice:

    Reblogueó esto en RELATOS Y COLUMNAS.

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  2. Ditalco Tal dice:

    Trepidante y con un aderezo humorístico que te induce a seguir leyéndolo. Un acertado final, dejando la incertidumbre invadiendo la mente del pobre Mauricio justo antes de irse al otro barrio. Los personajes aparecen descritos con tanta habilidad que cuesta muy poco imaginarse las reacciones que se exponen en la trama.
    Muchas gracias por compartirlo, Diego.
    Un saludo.

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    1. Diego Moreno dice:

      ¡Gracias, Daniel!!

      Este tipo de mensajes me inspiran. Muchas gracias por tu apoyo en la apreciación de mi cuento, que este ha salido de un desparpajo y ahora es un poco más “serio” para que el público lo disfrute.

      Un abrazo.

      Me gusta

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