Olvídalo (segunda edición) | Cuento (Absurdo, Fantasía, Humor)

Miau, miau. Miau.

Es de noche, Esteban despierta y su espalda siente varios objetos acolchonados, pero malolientes; se trata de un pantagruélico acumulamiento de bolsas de basura, y gatos salvajes, seres que ronronean alrededor de él. Intenta ver sus manos y no puede. No hay luz que las ilumine.

Consternado, solamente recuerda que, en vez de ir al trabajo, se quedó dormido en su acogedora cama de supermercado. “Diantres, ¿pero qué me ha pasado?”, piensa.

Mira a sus lados y se percata del sonido que los felinos emiten; éstos, al verse molestados por un humano invasor, erizan sus largas colas: de ahí emerge una sombra de ojos amarillentos, bufando. Se levanta de un brinco y siente que una docena de pequeñísimas navajas penetran su piel.

Una patada por aquí.

Mira a sus lados y se percata del sonido que los felinos emiten; éstos, al verse molestados por un humano invasor, erizan sus largas colas: de ahí emerge una sombra de ojos amarillentos, bufando. Se levanta de un brinco y siente que una docena de pequeñísimas navajas penetran su piel.

Una patada por aquí.

Un maullido de dolor por acá.

Un alarido humano por acullá.

Los actos de defensa y ataques gatunos prosiguen, hasta que Esteban se da cuenta que perderá la contienda contra la barbarie de los felis silvestris catus.

Y prefiere correr.

Una huida a tiempo puede ser una pequeña victoria bien ganada.

Sin embargo, para su infortunio, un gatito sigue pegado a su espalda; no, para ser precisos, este animalito está clavado exactamente en su nuca; él, insufrible, utiliza sus dos manos para quitarse a su pequeñito y escurridizo agresor, el cual no cesa de propinarle sendos zarpazos; lo toma firmemente, luego lo tira hacia un lado, y sólo se escucha un triste «miau…».

Cuando alcanza la luz de un faro, se ve el elegante traje gris que trae puesto; y se pregunta por qué carajos viste su más fina indumentaria, ahora que había terminado sobre el suelo de un callejón lleno de porquería… y lindos mininos. Pero no se fija en sus múltiples heridas y los hilitos de sangre que de ellas emanan.

En ese preciso momento desea sentarse en un sillón o banca; no obstante, sus cansados ojos no divisan ninguna. Camina hacia una esquina y desea ver a alguien, a quien sea, sólo para preguntarle en dónde demonios está, ya que ningún letrero le indica el nombre o número de calle en la que sus zapatos, ya sucios, avanzan con calamitosas pisadas.

Mira al cielo imaginando una luna, una brillante luna, pero lo que su visión figura es una multitud de nubes que no parecen gustosas de dispersarse.

Gris.

Gris.

Gris.

—Estoy salado —dice dando un zapatazo al suelo.

Oh, no había visto ese charco y se ensució más. Gruñe y gruñe, dando brincos sobre el agua encharcada. Y escucha con terrible susto el violento gemido de un gato, mas no ve a ninguno por el perímetro en que se encuentra. Suspira.

Qué suerte tiene.

Ahora, sentado sobre la acera de alguna calle; de alguna ciudad; de algún mundo; de algún «infinitésimo» universo, cubre con sus manos las lágrimas que de sus ojos no paran de salir.

A lo lejos, dos luces se acercan lentamente. Los agudos sentidos de Esteban sienten la brisa de que se aproxima un automóvil, y escucha su glorioso motor. Se para el Checker A11 y mira que tiene el letrerito que dice difusamente «Taxi». Levanta sus brazos, los cruza y desenlaza,  y chifla como maniático.

El taxista pasa de largo.

Las lágrimas parecen volver otra vez.

—Al cabos que ni quería… —lo lamenta profundamente.

De pronto regresa el Checker, se estaciona enfrente al desgraciado hombre y baja la ventana del copiloto.

—¿Taxi?

Esteban brilla con la mejor de las esperanzas; su sonrisa sublime es la viva representación de la Salvación de las almas en este mundo lleno de pecadores.

—Sí… ¡Sí…! Claro que sí.

Entonces el taxista sube la ventana y se va.

Sin él.

Sus ojos sólo observan cómo su preciada oportunidad huye con frivolidad, sumergiéndose en una la ligera cortina de niebla.

Desde su cabeza evoca las peores groserías que no pronunciará el narrador.

Los rayos del sol abren calurosamente los ojos de Esteban, que ahora se encuentra tirado en la banqueta de alguna calle; de alguna ciudad; de algún…

Y  el cielo, ahora tremendo y despejado.

Se toca la cabeza y no está su Fedora, “¿Habrán sido los gatos”, hace sus pesquisas. Mas también siente un ligero frío abajo, y…

Se revisa para enterarse que tristemente ya tampoco trae puestos sus pantalones. Los más terribles escenarios surgen de su imaginación, y siente pena, mucha pena.

Abre bien sus ojos y, para su poca buena fortuna, ve a varios peatones mirándolo con asco. Como disculpa dirige sus palmas abiertas hacia la gente, pero nadie parece comprenderlo. A esta hora debería estar impertérrito trabajando, sudando la gota gorda en la oficina del Departamento de Seguridad.

Erguido, cubre con las manos sus nobles partes y se acondiciona a ignorar a aquellos ojos curiosos e inquisitivos.

Camina. Camina, camina, camina… y camina.

No desea que un gélido aire congele sus pálidas piernas.

Y eso mismo pasa.

Grita otra vez por default.

—¡Que me lleve la que me trajo…!

Brinca, pisotea, lanza golpes a diestra y siniestra, y termina chillando con furia. A ojos ajenos parecía un vago desquiciado. Esteban ya no quiere pensar en ningún deseo, por lo más nimio que sea, porque todo al parecer está en contra de su mal intencionada vida, la cual un día fue sencilla y monótona, así mínimo de lunes a viernes.

Se escucha una voz agitada a su espalda.

—¡Señor, señor!

Esteban no voltea. Tiene miedo que al voltear alguna desgracia le pase.

—¡Deténgase! ¡Es importante!

No voltea.

—¡Tengo la solución a su problema!

Esteban no se da un solo momento para ver a la silueta del muchacho de lentes circulares que bulliciosos lo persiguen.

—¡Señor, es en serio! ¡Se encuentra en un grave, gravísimo problema!

Esteban se detiene. Tiene miedo a pensar. A desear.

—Ah… Por fin… Gracias… Sí —toma aire—… Esto nos incluye a los dos, a todos.

Mira al muchacho y sus manos tiemblan.

—Lo que pasa, señor, es que su alma ha perdido el hilo de la armonía en esta célula del Universo. No sé si me explico; lo que trato de decir es que usted urgentemente necesita auxilio holístico, el cual yo se lo puedo brindar con todo gusto; y yo sé que desea que…

—Olvídalo.

El muchacho, confundido, se queda callado por la extraña interrupción.

—¿Qué dice…?

—Olvídalo, dije.

Esteban le da la espalda y prosigue su camino sin rumbo.

—¡Pero, pero…! Señor, no sabe usted del caos que se avecina, esto podría ser la causa de un supernova infinitesimal, una catástrofe cósmica, metafísicamente interminable, como un destructivo efecto dominó que afectará a todo lo visibles e invisible…

—Olvídalo, muchacho.

Esteban se la piensa un poco, y se le ocurre esta grandiosa idea:

—Cómo deseo que siguieras hablando todo el puto día.

Y el muchacho deja de hablar.

Para siempre.

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