Ella y el porno | Cuento (Erótico, Surrealismo)

El deseo volvió.

Todos mis sentidos apuntaban a la parte inferior, allá perdidos en el túmulo del sexo que me correspondía, fabricando escenas que promueven amores de una noche.

Fumé un cigarrillo, lo pensé un poco. Fue un día cansado, el trabajo lo mismo siempre.. Exhalé el humo, vi unas formas aferrarse a sus cuerpos sutiles; tuve una erección casi inmediata.

Entonces, fui a la bañera, decidí ir desnudo, e intenté consolarme con una voz femenina al fondo. No pude. No hubo satisfacción; en cambio, sentí que mi cuerpo se recargaba de impotencia, volvía a tener pronta vitalidad…, era el deseo, ese sempiterno deseo, las ganas de reventar, de volverlo todo gritos y gemidos, sin necesidad de que sea un asesinato, ni misa cristiana.

Llamé a su número porque no contestaba a sus mensajes…; hasta que escuché su voz, su tierna voz. Se lo propuse de inmediato, y respondió ruda, como siempre, con voz oscura, ronca, aceptando cada idea que le proponía.

Extrañaba su cabellera oscura, lisa, fina. La quería rasgar con mis uñas, peinarla violentamente, hasta jalarla con empujes que sólo ella disfrutaba.

Concordamos en una videollamada, yo enseñándole mi miembro hinchado, ella coqueteando con su pelo rubio y ralo. La quería tomar ya, que me sentía morir; el peor nihilismo es saber que necesitas del sexo de alguien, como también saber y aceptar que no lo tendrás en el momento preciso. Tenía que tardar. Tal vez madurar.

Esperar.

Hasta que nos viéramos en el acordado lugar.

Y así fue, mientras conducía a mi viejo Volvo, imaginando momentos violentos en que pedías más de mis ocurrencias sobre la cama, o suelo, ondeando tu pelo corto, morado, ojos de miel, labios de mujer infiel; aplasté el acelerador, dándolo todo por un momento con ese ser.

Ruido y sirenas en el mar.

Llegué, despegando de mi reliquia motorizada, y vi las luces de neón, perfecto acompañamiento de mi locura interior. Si desperdiciaba un minuto, sólo un minuto, me correría enfurecido por la tardanza de algo que mis pantalones han sufrido.

Entré; nos miramos; reímos y tomamos; nos besamos. Bellos astros verdes atravesaron mi mirada, labios carmesí, cabellera sanguínea. Estabas hecha para ser complacida. Proferiste las palabras mágicas “Vámonos”, excitando cada célula de mi órgano, ya cantando odas de victoria. Todo era vapor, humo, neblina sin sustancia ni importancia.

Nos esfumamos como estrellas sin cielo, a la velocidad que nadie supiera medir, llegamos a tu departamento, grande y favorable, lamiéndote el coño desde la entrada, tú agonizando del placer.

Mi boca con rico sabor amargo, líquido espeso que invita a más y más sexo.

Me paré y volví a verte: corto, muy corto, esos pelos castaños, lindos, de mujer tímida, de pocas palabras y muchas emociones; me tomaste, probaste de tu propia miel, succionando mi lengua, luchando para que este momento, y el siguiente, sean eternos.

Oh, esa piel del ébano… era tener todo lo más delicioso entre caricias, besos, lamidas, o mordidas. Estoy seguro que me corrí un poco, quizás contuve algo, para después. Quise más, quise todo. Por eso te tomé, de ese cuerpo pequeño de mirada rasgada; abrimos la puerta; entramos a mi cuarto, ni nos molestamos en apagar las luces y caíste firme, alta, carnosa, sobre la cama, cabellos en forma de cortina ahumada; la Gioconda prontamente follada.

Brinqué; escalé; me escurrí; caíste sobre mí, todo en un instante de miles colores y sabores, diferentes voces, posiciones, tiempos y duraciones; ni yo era el mismo…; lo disfruté, y a veces no tanto, pero ahí estaba, atento, conociéndola a ella con su próxima cara, aguardando el momento de la siguiente explosión.

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