Magister Equinus | Cuento (Fantasía, Terror, Masticadores México)

La hojarasca pasó al lado de la ventana y Lord Persimer me pidió que la cerrara antes de que él se retirara.

Era de noche en el hotel R., con luna llena, sufriendo un frío escandaloso, y el doctor Silverstone ya nos había infundido aquel vapor tan extraño; yo y Oliver nos comunicamos que había pequeños caballitos etéreos cabalgando hacia nuestras fosas nasales, dispuestos a penetrarlas y hacerse uno con nuestro sistema respiratorio. Prometí que no iba a oponerme a este innovador procedimiento, ya que la sociedad había acordado que el doctor podía hacer lo que se le antojase, así mientras los sujetos de experimentación estuvieran de acuerdo con cualesquiera que fueran sus heterodoxos recursos.

Quitándome la tensión que enarbolaban todos mis sensibles nervios, por fin me recargué en el respaldo del sofá; pensé en los omóplatos de Sofía, su suave y cálido tacto, y dejé que mis células tomaran partida con aquello que mi ciencia desconocía; supuse que mi colega Oliver hizo lo mismo, así que me relajé y no intenté nada más.

Al despertar, la lluvia era tan densa que el Capitán Hook estaba pasmado por la furia de la naturaleza que no cedía ni un ápice; truenos, rayos, olas enormes, aterradores rugidos de bestias y madera rompiéndose. Me froté los ojos, quitándome el agua que tanto entorpecía a mi visión; entretanto, Sandor Loomim, el cocinero, un hombretón alto y frondoso, estaba peleando, usando su sartén como arma, con un ave espantosa que portaba la cara de una mujer; el “Coronel” Verizone pretendía comunicarse con aquellas criaturas, creyendo que se podía dialogar con ellas… hasta que varias de esas quimeras se lanzaron sobre él e hicieron de su cuerpo migajas de pan sanguinolentas.

Los sonidos de alerta, pólvora al detonar…

Y yo… ¿Yo dónde estaba antes de todo esto? No lo recordaba. El último pestañeo de mi memoria fue que corté una cuerda, no sé por qué, alguien me lo reprendió e intentó herirme, pero el viento y el mar prestos se lo llevaron; empapado de todo, no sentí pena por lo ocurrido y seguí con lo mío; mas ¿qué era lo mío? Un deseo ajeno, un plano níveo de femeninas cordilleras exultantes, además de voluptuosas… Ah, la lluvia, era tanta y espesa como un ejército de matorrales. Solté el garrote de mi cinturón, abrí la boca al cielo y…

El cráneo roto del Capitán Hook, su pronta muerte y mi mano sosteniendo el garrote asesino. Para nada recordaba haber decidido amotinarme, no; el capitán me parecía temerario, a veces desalmado, como todo traficante de ron, pero me caía bien; ¿por qué hice eso? ¿Fui yo o el pedazo de madera y cuero que mata? Ahora todos me veían, dejando a los monstruos de sendas cabelleras a un lado, ahora inertes sobre la cubierta, para irse con un nuevo asunto, uno que era yo y el asesinato de un tal Hook.

Les dije que no sé qué pasaba, yo estaba fumando en la cocina, donde tal vez caí inconsciente, pero… Una luz violeta…

Cuando volví ni Oliver ni el doctor Silverstone se encontraban conmigo. Pensé que quizás había pasado mucho tiempo después de mantenerme en trance sobre el sofá, sin embargo, me percaté de una sensación rara en el aire, sabía demasiado húmeda, rústica. Quise quejarme y mis palabras fueron tontos gemidos que terminaron en un coordinado aullido.

Estaba seguro que había sentido una tempestad antes de esto… ¿Por qué ahora todo era tan oscuro? Caminé despacio y lento…, y ahí caí en cuenta de que andaba descalzo; me toqué el cuerpo, casi desnudo, y donde antes no había pelo, ahora lo sentía en abundancia. En mi mente veía a los caballos, pequeños y diminutos caballos, andando elegantemente, aunque perturbadoramente demenciales en la cercanía.

Ya había encontrado algo de iluminación cuando escuché sonidos de otro mundo, de un pasado desconocido. Afuera de la cueva estaba una luna enorme y brillante, y yo, con músculos primitivos, permanentemente ceñudo y torpe al hablar, grité y grité; exclamé el nombre del doctor Silverstone como una injuria, no obstante, nadie lo suficientemente inteligente me pudo responder.

Dos ojos mirando al abismo.

Y del abismo surgió un relincho.

Y del relincho… Un viaje hacia atrás.

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